lunes, 28 de mayo de 2018

Relato Presentado a concurso (derechos del agua)


La tumba roja 
El sol comenzaba a lamer parsimoniosamente el horizonte. Descubría a su paso la superficie roja que abarcaba la vista. Desde el interior de la cabaña se veían reflejados algún rayo de sol, que anaranjaba el centro de la estancia y la iluminaba por dentro. Esto hacia innecesario el uso de velas hasta entonces indispensables. Con la lentitud de movimientos que le confería la edad, comenzó a colocarse el traje drenante para salir al campo. La temporada estaba siendo cruenta, más de la cuenta. Salió al porche oyendo el crujir de la arena que había inundado en la noche todos los tablones de su entrada. Se acercó a la pequeña despensa que descansaba cerca de una tumbona, en ella descansabasn trozos de tunas, agaves y cactus. Ese día estaba quizás más sediento de la cuenta y decidió tomar un poco de tuna. La peló con cuidado y se la llevo a la boca mientras se sentaba a mecerse en la hamaca.
El sol se elevaba en lontananza. Esto, le hizo alargar la mano para coger un sombrero de ala ancha de paja que descansaba en el alfeizar de la ventana. Se lo coloco y siguió chupando con fruición su trozo de tuna. No había bebido nada desde ayer y el traje drenante no había convertido sus excreciones en liquido potable. Miro sus manos moteadas por el sol y su piel torneada que tomaba un color tostado que no recordaba tener en su infancia. A esas alturas de la vida el traje drenante le pesaba horrores para cualquier cosa, y mucho más ahora que pretendía levantarse de su asiento para acercarse al campo a cuidarlo. Apoyó las manos con fuerza sobre el reposabrazos y se irguió. Reviso las provisiones que le quedaban de agave y tunas de consumo propio, que ya iban menguando. Aunque quedaban pocas plantas debería buscar aquellas que ya no fueran a dar fruto alguno. Que, en esa época del año, era cualquiera de las que tenía en cultivo.
Bajó los tres escalones que separaban el porche de sus tierras y cuando posó el pie en el suelo, una nube de polvo rojizo comenzó a elevarse en pequeñas volutas, que volvían a estacionarse en el suelo al no haber viento. Andaba muy despacio para no levantar mucho polvo que luego se le adhería a los pulmones y a la ropa, y para no gastar muchas energías, pues no le quedaba mucho que comer para andar haciendo el tonto.
Cruzó el pequeño tramo de zona baldía que lo separaba de una valla de madera rota tiempo atrás. Tras ella, esparcidos a mucha distancia unos de otros se encontraban los agaves, tunas y demás cactus. No se podía decir que tuviera muchos, tampoco que tuviera pocos. La única granja que quedaba estacionada en aquel planeta llamado Almagra, perdido de la mano de dios. Un planeta carente de todo signo de agua, en el cual se paga oro por cada gota del líquido elemento a miles de empresas, que se afanan por hacer llegar a cada rincón de la galaxia aquel producto de lujo. En Alhambra, la pequeña granja de Gaylas, todavía seguían cultivando cactus desde que se mudaron a aquel planeta con la ilusión y la promesa de buenas mieles que cosechar. Sin embargo, la tierra en vez de mieles les dio hieles.
Gaylas miraba la sierra lejana donde se veían los cilindros enormes que habían traído para canalizar el planeta. Todo en balde. El planeta se opuso a toda canalización posible. Aunque se hubiera podido canalizar el planeta, conseguir una acometida de aquella vía salía demasiado caro, y más para un granjero de cactus. En un planeta donde no había agua, el único agricultor que pudo sobrevivir al primer estiaje fue el cultivador de cactus. Aunque aquello no era sobrevivir. Más bien parecía malvivir. El cactus y el agave sofocaban en parte la necesidad de beber agua de los residentes. Pero no era suficiente, y las comunicaciones con la metrópoli resultaban bastante precarias. Muy de vez en cuando venían a traer alguna provisión de agua. Cuando llegaban y veían el estado de la economía, casi siempre dejaban algún bidón de agua por compasión llevándose consigo toneladas de cactus que se venderían a su vez en planetas con la misma carencia que Almagra.
Gaylas estaba recorriendo la tierra que tenía cultivada. Si algo bueno tenía el cultivo de cactus, era que no precisaba de muchos cuidados. Se paraba en algún agave para revisar el estado de las hojas de la flor, si alguna de ellas la encontraba lo suficientemente suculenta, la arrancaba de la roseta y la guardaba en el pequeño zurrón que llevaba colgado al cinto. Gaylas, como mucho de los propietarios que antaño vivieron en aquel planeta habían tenido mucha fe en que la compañía Watua.sl consiguiera su objetivo y canalizara la superficie de Almagra. Con el tiempo, vieron cómo muchas de las canalizaciones que se iban poniendo estallaban sin haber recibido ni siquiera agua.vieron como muchas de las naves acabaron por estrellarse, y como los láseres de perforación no consiguieron frenar que las arcillas rellenaran de nuevo todas las zanjas que replantearan. Todo fue inútil. Ahora solo les quedaba el consuelo de usar al menos los trozos rotos de tuberías para cultivar a para dar más estabilidad a alguna zona de las tierras de las que disfrutaba.
Gay" pensó en Oligisto, su antiguo vecino. Él fue el más optimista de los colonos de la zona. Recordaba haber estado junto a él cuándo colocaron aquel cartel publicitario enorme en la serranía del Sur, por donde salía el sol. Recordó el cartel gigante que anunciaba los distintos tipos de aguas de regadíos disponibles, según las concentraciones granulométricas de minerales y material orgánico que se precisara. Todas ellas a costos disparatados. Oligisto sacó de su casa dos botellas de 30 ml de agua fresca, y le ofreció una a él. Gay" lo recordaba nítidamente mientras paladeaba, jugueteando con su lengua en su paladar al recordar aquella agua a la que le invito. Ambos se quedaron contemplando detrás del cartel como varias naves estaban colocando y trasportando las tuberías que traerían la prosperidad al planeta. Allí se quedaron esperando que cayera la noche y veían cómo las mismas naves volvían a la estación de servicio.
Se incomodó al pensar que llevaba muerto ya muchos años. Sus cultivos comenzaron siendo frutales que precisaban de las canalizaciones y los invernaderos hidropónicos, cuando las tuberías comenzaron a fallar, trato de cambiar sus cultivos a frutales con menos necesidades acuosas, pero ya era tarde. De ultimas el propio Gay" le prestó varias tuneras para que plantara en sus tierras. De nada sirvió. Dos días comiendo restos de tuneras que le había regalado su vecino le hicieron sentir una desesperación inconmensurable, y se suicidó. Nadie hablaba de ello en aquel entonces. Todas las miradas estaban absortas en su propia miseria. La muerte de Oligisto fue solo el pistoletazo de salida para el éxodo. Las naves de trasportes se fueron llenando los primeros meses. Hasta que la metrópoli cerró las puertas a los almagros, la huida del planeta se fue haciendo cada vez más patética. Las bandas criminales vieron negocio en su desesperación, pero no ayudaron mucho, su miseria no les salía rentable. Así el planeta se fue quedando vacío, y los que no se iban o se suicidaban, morían de la propia pobreza.
Gay" se enjugó la frente perlada por el sudor, por la parte que dejaba al descubierto su equipo de drenaje. Se quitó las bombonas de potabilización y vertió el contenido del trapo en su interior. Los tubos que estaban conectados a la máscara que llevaba en la cara empezaban a traer pequeñas gotas de agua a la boca del viejo almagro. En esta tierra nunca cesaba la sed. Se acercó a las palmichas sueltas que tenía cultivadas esporádicamente por sus tierras. Realmente no daban nada que le sirviera ahora en este estado de necesidad. Las plantó para cuando floreciera el planeta poder venderla como decoración floral para centros de mesa, ramos y esas cosas. Ahora se sentía ridículo ante aquella idea.
Arrancó de aquellas palmichas varias de las hojas que estaban pudriéndose. Las echó a un bol que había no muy lejos de allí, así se convertiría en abono para las demás plantas. Se acercó a un árbol que tenía en la zona más alejada de sus tierras, un árbol que le salía caro, y le hacía perder mucha de la escasa agua en regarlo. En el fondo tenía una higuera, escuálida y decrepita, igual que él mismo. Pero de vez en cuando daba frutos, con un esfuerzo increíble tanto por parte del árbol como por parte del propio Gay", que derrochaba agua a mansalva para que aquel árbol no muriera. De los bidones de agua de lluvia (agua que no se usaba en la metrópolis por provenir de lluvia contaminada y que en la tierra era agua de desecho) este árbol se podía llevar más de la mitad para sus necesidades. Sin embargo, seguía regándolo. Le gustaba tenerlo allí. Le daba esperanza. Además, su mujer estaba enterrada bajo él junto a su hijo. Pobre mujer.
Su mujer Apho-hel vino con él cuando se abrió la emigración a la nueva colonia que tenía todas las garantías de prosperidad. Apho" y él estaban ilusionados con los proyectos que vendía la empresa de emigración, y consiguieron sus papeles sin mucho esfuerzo. Ambos eran jóvenes y tenían ante si todo el futuro por delante y la capacidad de concebir colonos de segunda generación. Eso fue lo que les dio más baremo para sobreponerse a otros aspirantes con, quizás, mejores aptitudes. Eso, y que Gaylas tenía nociones de agricultura. En su ciudad natal ya había estado cuidando de miles de hectáreas de terreno con diferentes variedades de cactus.
Gay" se recordaba en aquella época, y no se reconocía. Su piel era mucho más clara, su cara estaba rellena y rojiza, y sus brazos estaban curtidos por el trabajo en el campo. Se miraba ahora las manos con mezcla de asombro y desconocimiento de lo que estaba viendo. Aquellas manos se le presentaban ajenas. Largos túbulos parduzcos con nodos en vez de nudillos, como la raíz de un árbol esbelto. Las arrugas que surcaban sus manos estaban vadeando las pequeñas motas oscuras que cubrían su piel. Estaba convirtiéndose en un árbol. Sus uñas perdieron el color blanco hace años y debajo de ellas se acumulaban granos de tierra provenientes del primer día que toco la arena rojiza de Almagra.
Su mano temblorosa buscó su boca intentando ahogar su frustración. Un llanto hondo le llamaba. No llego a tocar su boca. La máscara que le proporcionaba agua y la recogía de todos (o casi todos) los poros de su cuerpo el sudor, se lo impedían. Con un gesto mecánico se deshizo de la goma que se aferraba detrás de la oreja descolgando la máscara sobre el pecho. Se palpó la cara. Se la palpó a conciencia. Sus mejillas eran hondonadas que parecían dejar intuir todo el recorrido de la mandíbula. Mesándose la barbilla creyó intuir incluso cada uno de los dientes sin apenas rozar su piel. Estaba demacrado. Agua reutilizada de sus propios desechos y carne suculenta de varios tipos de cactus. Aquella dieta le había convertido en ese monstruo disecado. Notó anegársele los ojos, y volvió a colocarse la máscara para no perder aquel líquido. Realmente no podría llegar a llorar, ni siquiera tenía suficiente liquido en su cuerpo, ni para formar una sola gota de agua.
Sus ojos se posaron en la higuera. Desenfocando la higuera, su vista se posaba en los cristales sucios de la máscara. La higuera. Volvió a recordar a su mujer. Y la vio. La vio de nuevo cómo sonreía al llegar allí. Cómo su felicidad estaba abierta ante un mundo de posibilidades. Cómo volaba su falda cuando corrió al ver la granja. Ella la bautizó. Ella le dio aquel nombre. Recordar cómo alegraba cada rincón de aquella cabaña de madera de otro planeta. Su pecho se estaba oprimiendo bajo toneladas de recuerdos. Los primeros años allí fueron para ambos el paraíso. El mundo entero se abría ante ambos y cultivaron la tierra con tesón, sudando a mares. Desperdiciando una valiosa agua que desconocían que después sería tan necesaria. Cada noche cuando dejaban de trabajar, exhaustos, y con callos y rozaduras por todo el cuerpo, ambos se entregaban al deleite. Ambos disfrutaban cada noche.
Tres años después Apho-hel se quedó embarazada. Cuán grande fue el regocijo que se sintió en toda la comunidad. Cuan felices eran ambos. La escasez de agua ya era patente en aquel planeta, aunque aún no se había suicidado Oligisto. Ahora lo veía claro. Ella estaba ya tan delgada. Su vitalidad había sido robada por los cactus. Su sonrisa llegó a ocupar en aquellos días más de las tres cuartas partes de su rostro. Pero no era la misma. Aquella sonrisa no era la sonrisa de felicidad que ella le dedicaba a él. Aquella sonrisa traía trazas de tristeza. Algunas noches la oyó llorar, escondida. Él no sabía qué hacer. Intento por todos los medios alimentarla, buscar más agua para ambos, cultivar más duro, sacar más provecho de aquellos malditos cactus. Pero nada funcionaba.
Las estaciones que canalizaban el agua tenían servicios médicos y diversas tiendas de materiales para las primeras oleadas de colonos. Pero por aquella época, no quedaba gran cosa. Las máquinas que quedaban en las estaciones cercanas, eran de épocas remotas. Algunas ni siquiera llegaron a funcionar nunca. En esas condiciones Gay" intentó trasladar a su mujer a otro lado, a cualquier planeta por pobre que fuera, tendría más garantías de supervivencia que aquella sequedad. Incluso pensó en fugarse a los planetas marginales de las afueras. Demasiado lejos de la metrópolis para ser civilizados, y demasiado cerca de la pobreza para ser siquiera recomendable. Apho" se lo recriminó muchas veces. Aquella era su casa. La casa donde criarían a su hijo. La tierra, de la que sacarían por fin el fruto bueno.
Un proyecto de obstetra iba una vez por semana a verlos. Sin vehículos ni medios, si el no venía a verlos, la parturienta hubiera estado sola. Pero el pseudomédico nunca ayudò en gran medida. Se limitaba a recetar complejas fórmulas medicales imposibles de conseguir por allí. Ninguna nave de trasporte traería esas mercancías. Y si las trajeran no podrían pagarlas.
Los vecinos, propietarios de las tierras colindantes y algunas más alejadas, venían a ayudarla. Ninguno traía ni siquiera alimentos, ni aportes económicos para echar una mano. Soltaban viejos remedios de ancianas y se aprovechaban de la familia tomando y comiendo las reservas de Gaylas. Muchas de las mujeres se pasaban horas y horas, vociferando y haciendo miles de pamplinas de medicinas heréticas. Un día, Apho" cogió de la solapa a Gay" y le susurró al oído:
- Haz que se vayan.... Y que no vuelvan… Quiero que el niño nazca sin tanta mezquindad alrededor... Prefiero que seamos solo tú, yo.... Y él.
Con estas palabras la ira se adueñó de su cuerpo. A voz en grito arrojó por el soportal a todo hijo de vecino que anduviera por la casa, y alargando un brazo con un dedo bien estirado, prohibió que nadie se acercara a la casa de nuevo. Hecho esto, volvió junto a su mujer y se acostó junto a ella. Emanaba sudor por cada ápice de su cuerpo, y su respiración tenía un leve pitido de fondo, como si estuviera tísica. La abrazó con más fuerzas de las que se veía capaz y se durmieron esa noche como si pudieran fundirse mutuamente en ese abrazo.
Frotó con sus manos la corteza de la higuera. Con la mirada iba buscando algún fruto entre las escasas y finísimas ramas casi secas. No la halló. Aun así, cogió su herramienta de trabajo y trato de cercar bien la tierra alrededor de la higuera para poder esponjar la tierra y que entrara mejor el agua. Le quedaban ya pocas reservas de los bidones que le trajeron la última vez desde la metrópoli. El pedido no debía tardar o empezaría a pasarlo mal. Peor de lo que ya lo estaba pasando. Las fuerzas que antes tenía para aquellos trabajos estaban ausentes en ese momento. Ya no quedaba mucha de aquella vitalidad que tenía cuando llegó al planeta. La tierra seca iba desgranándose en terrones de arena secos que le costaba desmigajar. Sin aquel proceso tedioso, toda el agua que vertiera a aquella planta se perdería y seria tragada por la propia tierra. A pesar de que las raíces de la higuera descansaban sobre un trozo de las tuberías rotas que dejaron las empresas del agua. No había socavado ni diez centímetros de la tierra y ya necesitaba apoyarse sobre el tronco para descansar. Quizás hoy no pudiera darle de beber a la higuera. Quizás debiera esperar a los acontecimientos para ver si llegaban más provisiones de agua y así no desperdiciaba agua en algo inútil. Si no regaba la higuera no le daría fruto. Pero si la regaba tampoco solía dárselo.
Prosiguió con su esfuerzo casi tres horas bajo el sol implacable que torneaba su piel. Su máquina de drenaje le había devuelto el sustento necesario para aguantar el resto de la jornada a duras penas y había tenido que tirar de trozos de agave suculentos para poder seguir ese ritmo lento. Mientras, no avanzaba ni un palmo en su afán por esponjar la tierra. Cada nueva palada que le propinaba a la tierra el sol volvía a secarla y compactarla tras haber dejado de dar golpes. Su trabajo resultaba en balde.
Las pocas fuerzas que conservaba las utilizó en coger el último trozo de agave de su zurrón y empezar a chupar el sustento que este guardaba y que le proporcionaba una pseudo-hidratación pasajera. Apoyó una mano sobre uno de los nodos del árbol y miró hacia las ramas altas, a las únicas hojas que podía mantener aquel superviviente.
- Por hoy no puedo más Apho", mañana seguiré- Giró la cabeza con intención de volver a la choza – Espero que sigas cuidando de Kinchi allá donde estés.
Y tras decir esto, bajó la mano que estaba sobre el árbol y se giró para irse. En el camino, cortó varios trozos de una tunera vieja, que estaba ya a punto de fallecer, cortó las partes que podía aprovechar y quitó alguno de los higos sangre que tenía la tunera moribunda. Con el cuchillo que tenía en la mano aprovechó y pelo la piel rugosa del higo, y de la misma, se zampó el primer bocado. Notó los cientos de pepitas en su boca y ese sabor dulce tan característico. Disfrutó del bocado que le devolvía la vitalidad a su cuerpo y prosiguió su camino. La máscara le golpeaba el pecho mientras seguía rumiando el higo que había cogido.
Cuando estaba por llegar a la choza volvió a colocarse la máscara y sorbió las últimas gotas que le ofrecía el drenante. Tenía bastante alimento y líquido para estar en la casa, tranquilo. Cuando traspasó el soportal se desató el atalaje de la máquina y la colgó de las perchas del porche. Se acercó a la librería que tenía en el salón y cogió un volumen de historia de la metrópolis por Aisack. Se sentó en una de las sillas de la sala y comenzó a leer. Inmerso en aquellas letras de historia que tanto le gustaban, olvidaba su miseria y su dolor.
No medio mucho rato y escuchó el estallido de la atmosfera, alguna nave había cruzado la capa de gases que rodeaba el planeta. Esto le molestaba, ni siquiera había podido terminar los primeros años de la colonización de las colonias primarias, no le gustaba dejar los capítulos a media. Dejó el gran volumen sobre la mesilla más cercana y se acercó al almanaque. En otro tiempo tenía pantallas que le indicaban todas esas nimiedades, días, semanas, años y demás sandeces.
Salió al porche y se apoyó sobre la barandilla. Intentó enfocar la vista para distinguir qué tipo de nave se acercaba. Sabía que se acercaría a sus tierras, no quedaba nadie ya por aquel planeta. Él era el único que seguía viviendo allí. Los que sobrevivieron a la sequia prefirieron dejarse morir que seguir luchando por nada. Distinguió el pequeño punto en la distancia que parecía pulular por el cielo. Se metió de nuevo en la casa y se sentó a esperar que llegara. Mientras llegaba la nave volvió a recordar. Miro el libro pensando en espantar los fantasmas con la lectura, pero vencieron los fantasmas.
Volvió a recordar a Apho”, tumbada en la cama empapada en sudor. Sus gritos de dolor inundaban todas las habitaciones de la casa. Gaylas iba de un lado a otro de la casa corriendo sin saber qué hacer. Nadie estaba allí para ayudarles y su mujer había roto aguas. En un sitio donde la sequía era tan patente era incomprensible ver a una persona malgastar tanto líquido. Cada vez que se acercaba a ella, la veía roja y brillante y con la boca desencajada de chillar. El obstetra le había dado todas las indicaciones para que llegado el momento, él se ocupara de asistir a su mujer. Ahora quiso maldecir por no haber tomado notas para poder hacer uso de ellas en aquel momento. El parto no fue rápido, su mujer estaba sin fuerzas y no era capaz de empujar al neonato fuera de su nido. Fue una lucha titánica de dos personas sin conocimiento y sin fuerzas por sobrevivir. Apho” apretaba la mano de Gay” con fuerza mientras hacía esfuerzos por sacar al niño. Aun así, no lo conseguía. El niño parecía reticente a salir de su cómodo nicho. Cinco horas después, y tras un largo y tedioso esfuerzo por parte de la madre. Asomó una cabeza diminuta que pugnaba por salir. Roja y empapada en placenta, Gay” no tuvo el valor de cogerla para sacarla hasta que no viera alguna parte a la que aferrarse. Veía aquella figura tan frágil que pensaba que se rompería en cualquier momento si lo tocaba.
Cuando amaneció se encontró vigilando a ambos desde la silla, sentado, observando cada movimiento del pecho que hacían. El pequeño nació escuálido y con muy poco músculo. Nada más nacer se aferró a la madre e intentó chupar de la teta. Pero no había nada. La madre llevaba mucho sin beber en condiciones y no había creado leche para alimentar al bebe. Ante esta perspectiva Gay tuvo que coger un trozo de tunera y dejar al bebé que la chupara. Con ello, aunque, con desagrado al principio, el bebé pudo alimentarse de algo en aquel momento. Le cubrió con una manta que tenía preparada y lo colocó a los brazos de la madre. Esta estaba dormida desde el momento en que acabó el parto. De vez en cuando hacia el intento de levantarse y preguntaba cosas que Gyalas iba respondiendo afirmativamente. Después de cada respuesta ella volvía a caer en un profundo sopor.
La pequeña criatura recién nacida tosía a intervalos sueltos y tenía pequeños espasmos. Gay cada poco tiempo, le ponía un trozo de tuna en los labios para que chupase el cuerpo carnoso para obtener un poco de agua. No sabía cómo podría sentarle aquello al pequeño. Después de darle sorbos de aquel suculento trozo de cactus cactus le volvía a colocar la cabecita sobre el pecho de la madre. No durmió durante toda la noche, mientras leía algunos de los libros que tenía, bajo las velas, para cuidar de ellos.
Ahora al recordar aquella noche, creía sentir una pequeña lágrima deslizarse por su mejilla. Al pasar el dedo por su cara no la encontraba. Solo estaba en su imaginación. Volvió a mirar hacia al cielo. La nave de comercio estaría dando la vuelta al planeta hasta poder posarse sobre la pequeña zona descampada que tenía Gaylas en su finca. Agarró con su mano su frente. La angustia se adueñaba de su mente. Quería recordar de nuevo a su hijo.
La mujer se despertó temprano. Gay” se dio cuenta porque escuchó al otro lado del Salon una voz. “Kinchi”. Al escucharla dejó precipitadamente el libro sobre su asiento y salió corriendo. Al llegar la vio, a ella, algo más demacrada que la noche anterior. Paseaba su mano sobre la cabecita del niño. Creía verlo también algo más pequeño.
- Me llamabas, cariño – preguntó a su mujer cuando dejó de mirar a su hijo y le dirigió la mirada sin dejar de estar tumbada en la cama, abrazando al crio.
- ya sé como se llama. Su nombre es Kinchi. Me he despertado y he soñado toda la noche llamándolo así. Ese es su nombre Gay”.
La miró asombrado sin saber que decir. Incluso ahora y con las pocas fuerzas que debía tener estaba llena de optimismo. Estaba llena de vitalidad. Se acercó a ella y se tumbó a su lado, dejando al ahora bautizado con el polvo Almagro, kinchi, entre los dos.
- Pues decidido- le dijo- Nuestro hijo se llama Kinchi.- y le pasó la mano por la cabecita mientras le acercaba un trozo de tunera, al hacerlo el pequeño sonrió- Parece que a él le gusta el nombre.
Kinchi no aguantó bien la comida que le podían dar. Buscaba de vez en cuando la teta de su madre. Preguntaron a los vecinos por algo de leche de la metrópolis, aunque fuera en polvo. Pero nadie tenía en toda la vecindad. Y el pequeño al segundo día de vida comenzó a tener diarreas. Como no tenían agua para limpiar estaba siempre sobre lechos de sabanas y ropas que al ensuciarlas las dejaban en zonas con viento y polvo para que las limpiara, más o menos. Cuando vieron la primera vez que no defecaba sólido y que estaba con dolor de estómago, se asustaron. No sabían que debían hacer. El obstetra no iría hasta una semana después, y ellos no tenían nada más para alimentar al pequeño. Leyeron treinta veces algunos de los panfletos que les dejaron las viejas heréticas de la comunidad. Panfletos con nombres rimbombantes como “los primeros días de tu criatura”, o “ser la madre perfecta”. En ellos solo entendieron que su hijo estaba enfermo. Pero todos los remedios que le daban eran con fármacos o alimentos de los que no disponían. Ningún panfleto de la metrópolis contaría con la miseria como causante de la enfermedad de una criatura. Tampoco con la deshidratación, en la metrópolis cada hogar tiene una acometida y agua para desperdiciar para toda una vida. De nada les sirvió aquellos papeles. Sus palabras se quedaban como agua de borrajas.
Al tercer día de vida, Kinchi se despertó sin fuerzas ni para defecar. Sus labios agrietados y sus comisuras resecas no auguraban nada bueno. Se había llevaba prácticamente un día entero de vida, excretando todo lo que comía. Su pequeño cuerpo no tenía vitalidad ni para moverse. La madre se quedaba todo el día tumbada a su lado mientras gimoteaba y hacia grititos sordos. Gay” no sabía dónde meterse. Fumaba en la puerta de su casa a sabiendas de que eso deshidrataba mirando el cielo, sin saber que hacer, ni a quien acudir. En esa época todavía estaba algo hidratado. Y una sola lagrima sí que corrió por si mejilla. Hasta mezclarse con el polvo almagro y ser una gota de barro que se secó en muy poco tiempo.
Al cuarto día ya no despertó. Dormido sobre el sillón de la salita, se despertó cuando un grito inhumano rompió el silencio de la mañana temprano. Cuando vio el panorama no hicieron falta las palabras. Su mujer estaba abrazando el pequeño cuerpo inerte de su pequeño Kinchi, sus pequeños brazos se bamboleaban de un lado a otro sin control. Gay” salió de la casa y se fue a la primera tuna que encontró, y con la pala la destrozó a palazos. Sintió su rostro arder de ira y sus ojos calentarse como si fueran a llorar,aunque no tenía ya más hidratación para llorar. Se dirigió a la siguiente y la destrozó, algunas hasta las pateo clavándose las espinas de las tuneras, y los puyones. Cuando ya no le quedaron fuerzas ni para levantar la pala, se dejó caer en el suelo. Y gimoteo como un niño chico. Llenándose la boca de polvo.
Cuando ambos no pudieron sofocar más sus frustraciones, decidieron enterrarlo en la higuera que le gustaba tanto a Apho”. Ella no tenía fuerzas ni para cargar el cuerpecito. Gay” con los ojos enrojecidos masticó para recuperar algo de fuerza varios trozos de agave y tunas, e hizo un esfuerzo titánico para hacer todo lo posible por cavar la tumba de su pequeño. No hubo ceremonias ni más gritos ni nada. Se cavó, se dejó, se tapó. No hablaron en todo momento, ni en ese día.
Gay” se acostó esa noche junto a su mujer. Pero ella no estaba allí. Había dejado su cuerpo tumbado en la cama, pero su mente estaba lejos. La besó con suavidad en la frente y se durmió.
El sonido de la nave tomando tierra le sacó de sus cavilaciones. Cerrando los ojos, intentó cerciorarse que recordaba en qué momento estaba, y qué debía hacer. Miró a la puerta del cuarto que se hallaba al fondo. Su mirada ausente recibió el vacío como respuesta. Y salió fuera a recibir al trasportista.
- Buenas, el bidón de aguas de desecho metropolitano – dijo dirigiéndose al camionero- como de costumbre.
El trasportista miraba una pantalla que tenía en una especie de carpeta, y revisaba números y cifras que paseaban por la pantalla.
- eso no va a poder ser amigo – le respondió el trasportista.
- ¿como que no?- miró desconcertado Gaylas al trasportista – Es el bidón que suelen traerme, además es el único que puedo permitirme que ha pasado.
- En la metrópoli han prohibido la comercialización de esa agua, dicen que perjudica la salud de las personas. La más baratas que tenemos es la de regadíos desalados que son tres mil doscientos créditos.
Los ojos de Gaylas se abrieron de una manera exagerada. Aquello eran un trescientos por ciento más del precio del barril de desecho. Si ya le costaba sacar lo suficiente para pagar el Barril de desecho aquello era su ruina. Sin despedirse siquiera del trasportista se dio la vuelta y se fue. Oía detrás suyos gritos del trasportista que lo llamaba “amigo… amigo…psh”. De nada servía, nada podía hacer ya por él.
Cuando llegó a la casa cubrió la distancia que ocupaba el salón como una exhalación y se dirigió a la habitación, recordó nítidamente la semana y media que pasó su mujer allí tirada sin comer ni beber ni nada. Hasta que desapareció. Realmente había quedado ausente el día que murió su hijo, había dejado de estar en su cabeza. Gaylas cogió un vestido de su mujer y un trapo que envolvía a su hijo, y que ahora estaba envolviendo algo más. Salió de la casa todo lo rápido que pudo. Al salir vio una nube de polvo que elevaba la nave al irse. Cruzó sus campos de agaves y tunas, las cuales iba pateando mientras cruzaba por entre ellas. Se dirigió a la higuera, a la cual también le pegó dos o tres patadas antes de hacerse daño en el pie y soltar varias maldiciones a la nada.
Cansado de patear y correr se tumbó a los pies de la higuera. A su derecha puso el vestido de su mujer, el cual todavía tenía el olor de ella, y entre el vestido y el puso el trapo que una vez había envuelto a su hijo, y que aún conservaba manchas de él. Con esa imagen ante sus ojos, saco de debajo del trapo un arma, que estaba guardando desde lo de Oligisto. Y mientras miraba aquellas prendas puestas en el suelo dijo:
- Lo siento cariño, lo he intentado… Sabes que lo he intentado. Pero no puedo seguir manteniendo nuestro hogar. Ya no queda nada que yo pueda hacer aquí. Ya es hora de que me reúna con vosotros. Quizás en el cielo encontremos cascadas de agua con la que poder saciar la sed que ha sido nuestra vida. Espero que hayas cuidado bien de Kinchi en mi ausencia.
Y cuando terminó de decir esto, se acercó el arma a la cabeza, y disparo. La bala atravesó de cráneo y su cuerpo inerte cayó sobre las prendas de su familia. La bala se incrustó en el tronco de la higuera, de la cual broto leche mezclado con la sangre de Gaylas.
La nave cruzaba el horizonte detrás de la serranía del sur, sobre un cartel se divisaba la estela que dejaba. De repente esa estela se convirtió en una luz que envolvió el cielo. La oscuridad se adueñó del planeta después de eso y la nave que estaba cruzando el cielo, perdió el vuelo y cayó a tierra. Aquel planeta no quería albergar vida. Había exigido el tributo de las dos últimas almas sobre su superficie.
El planeta rojo no quería ser canalizado, ni quiera albergar agua. Nadia más intentaría colonizar su superficie.

Y yo morir...


Y yo morir



Sin hablar dijiste aquello
y yo, morirme quiero.

Cortaste relación conmigo
y en el coche que me movía,
perdí el control y vi el miedo
y yo, morirme quiero.

A más de mil kilometros de ti
y sabe el cielo que ciego
mis pasos iban contigo
y yo, morirme quiero.

Fui una roca sin sentimientos,
y ese día, agua brotó de nuevo
de mis ojos, dolor y mar cayeron
al ver que ante todo sin ti me quedo.

y yo, por quererte muero.

libro publicado.

Como muchos sabréis acabo de publicar un libro Titulado de nombre "Trozos de cristal" bajo el seudónimo  Manuel Enrique Galán Murga. Este libro es un compendio de los poemas que he creído mejores de los escritos por mi, o que no me daban nauseas publicar. Este es lo que considero sera el primer libro que publicare, espero que os guste y que podáis disfrutar de el.

https://www.casadellibro.com/libro-trozos-de-cristal/9788494865770/6437558

Aquí uno de los poemas comprendidos en el libro.


Nacional



El reflejo que de mi mente nace
de quien fuiste, lo que eres...,
mi pupila de color de rosas ve
aquella imagen que se fue.

El contexto que de gritos gime
en mi cabeza suena bajo el mute.
Solo la imagen, del ser amado..., se fue.

Triste imagen el recuerdo de la ausencia...

Lágrimas en sueños mis ojos vierte
al despertar sin encontrar tu presencia.

Si mañana al café vinieras
y mis ojos otra vez te vieran
un segundo, un minuto..., horas.
Tiempo que de nuevo me enamoras.

sábado, 20 de agosto de 2016

AWELA

AWELA:

siguiendo la bodega; que ya no esta,
cemento abajo se andará.
Y tras la puerta 71 abierta
en lentos pasos abrirá ,mi abuela.

Aunque ya no se acuerde.

Recuerdas la casa puerta, las escaleras,
donde tantos gorriones llamaron con trinos,
a los miajones al soportal lanzas
y todos reímos con tus gritos,

Aunque ya ni lo intentes.

Recuerdo esas mañanas, de verano,
leche caliente en vaso, de plástico rosa
y tostada con mantequilla coronada
despues de despertarme, siempre temprano.

Aunque ya no te dejemos.

A la noche siempre comimos, en la mesa camilla
pan, jamón, queso blanco y aceite,
de todas las noches ese fue tu deleite
mientras películas miles vimos en familia.

Aunque ya no las recuerdes.

En el campo, cuanto disfrutaste, y reíste
y miles de copas de anís, de el escondiste
y risas a pares soltamos allí, a cientos
porque daba igual el lugar si estabas con nosotros.

Aunque ya no te acuerdes.

Paseos nocturnos por el puerto
guiando el paso, el abuelo,
“Engánchate Carlota”, grita incesante
en el alicantino siempre acabaste.

Aunque ya ni te acerques.


Ya con la puerta de madera cerrada,
al dormir, el rumor de la casa no cesaba
y tras cuartos y medias,un reloj sonaba,
escandaloso entonces, dulce ahora

aunque ya ni te moleste.

Recuerdos simples, de mi memoria,
bañados hoy en saladas lagrimas
que nacen del amor en el que me inspiro
y aunque no recuerdes esto te cincelo:

PARA QUE NADIE LO OLVIDE.

EFRA GARPER (AKA AVICENAS)

lunes, 15 de agosto de 2016

cuadratura del circulo

El precio de las relaciones.

Cúpula invisible que aísla mi vida
de finas capas de aire en frondosa densidad
alas rotas, con chicles mascados en vez de cera
plumas gastadas de muertos cisnes,
que impide al cuerpo un vuelo libre.

Patosa relación de calmada vida,
de sentir del mundo vació.
Caída libre, con ruedas inestables
en una pendiente de oscuro final.

El sentir la vida
sin ser vivida
pasando caminos
que ya han sido andados
viviendo palizas
ya soportadas.

Ansió calor,
de un tiempo pasado
amparo de algo
que siento alejado
el tiempo se acaba
y la alfombra que piso
acolcha los pasos

del suelo podrido.

Avicenas Garper (AKA WillisFanboy)